Seis.
GAIL DURST.
- Gail, salimos ¡YA!- La voz de mi madre llegó desde el rellano del ascensor.- Coje tus cosas, ¡venga!
- ¡Que ya voy, mamá!- Grité con mala leche.- ¡Estoy cogiendo mi bolsa de mano!
Mentira cochina. Estaba retocándome el maquillaje.
Volví a mi habitación y cogí mi bolsa de mano y mis dos maletas.
Las arrastré por todo el pasillo no sin antes echar un último vistazo a mi habitación. Iba a ser la última vez que la vería en mucho tiempo.
Bajamos en silencio en el ascensor. Para la desesperación de mi madre, una señora regordeta que llevaba una camiseta rosa chicle nos paró en el piso tres, y estuvo un buen tiempo decidiendo si cabía o no, hasta que mi madre le cerró las puertas en las narices. Bajamos hasta el garaje y cogimos el coche.
El viaje hasta Barajas se me hizo demasiado corto. Entramos en la terminal más nueva, la que tiene el techo con cosas de colores.
El tiempo que pasamos en la cola de facturación se me hizo eterno, y encima teníamos a una señora delante que llevaba un perro que no paraba de ladrar,con ladrillos chillones de los que perforan el tímpano. En algún momento, se oyó un grito de : ¡Que alguien le pegue una patada al puto perro, joder! Mi madre se mostró indignadísima y le murmuró a mi padre algo de de dónde sacaba yo mi vocabulario. Les ignoré.
Cuando por fín llegamos al control de la policía y me despedí de mis padres, fue como una liberación. Tuve que andar hasta el culo del mundo para encontrar mi puerta de embarque, la J18 a Londres haciendo escala, pero al final lo conseguí y me senté en unos bancos a esperar aque fuera la hora de embarque. Adios Madrid.
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